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10 septiembre 2010

Cuando los días marcan el rumbo

(Editorial) A veces se ve muy claro que el hombre depende más de la naturaleza de lo que quiere reconocer y toda la organización de la vida moderna se ve supeditada al ritmo que marcan las estaciones. No hace ni dos semanas las playas y las calles de nuestro municipio estaban llenas de gente. Algunos tenían la sensación de lleno a reventar mientras otros disfrutaban de las circunstancias para sacar provecho económico de las aglomeraciones. Pero en un visto y no visto, en una noche de lluvia todo ha cambiado. El aire parece más limpio, el sudor de mediodía no es tan pegajoso y los colores del agua de mar y de las nubes brillan con una intensidad casi olvidada. Y si no fuese suficiente para ver la vida con otros ojos, hasta las insoportables masas de gente que dos días antes no sabían qué buscar entre apretujones, calle Ample arriba y calle Raval y Muralla abajo, o al revés, ahora se mueven con paso relajado y con tiempo suficiente para parar y dedicar un momento a algún conocido. Junto a este calor anestésico que ha marcado las máximas del verano también ha desaparecido el agobio provocado por una masificación humana en todos los rincones de nuestra villa. Se nota el cambio cuando el sol te calienta la espalda al salir de la frescura de la sombra. Ahora da gusto notar el tiempo en la piel, como también se puede disfrutar ahora de la compañía de los vecinos. Ya no hay el estrés de buscar un rinconcito para poner la toalla en la playa y ya no hay esa fatiga de cuerpo y ánimo. La frescura nocturna ha despejado el resto y ha vuelto el día a día rutinario a un grado soportable. Ahora queda espacio para ir de compras y queda tiempo para pensar lo que realmente se necesita o se busca. Pero la climatología no solamente parece influir directamente en los ánimos de cada uno, también ha regulado la nociva pretensión del comercio de hacer caja en pleno agosto. Me atrevo pensar que, a pesar de todo el progreso tecnológico, la humanidad sigue supeditada a las condiciones naturales que nos rodean y basta con ser sensible para encontrar la medida sana, no sólo para encontrarse bien de salud, sino también en el campo de nuestras necesidades económicas de ganarnos la vida de una u otra manera. Hay que darse cuenta de que sí hay lugar para todos, sólo hay que dejar un poco más de espacio para el otro. El mensaje para aquellos que sólo dan importancia a los resultados económicos será: lo que se pierde en competencia comercial se gana en calidad de vida.



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